La belleza que cambia de casa, o cuando la luz deja de doler
La belleza no abandona a quien envejece: deja la piel y encuentra una nueva casa en la voz, la mirada y la ternura.
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Una mujer de setenta y tantos levantó su copa en una mesa larga y preguntó qué falta de respeto era que el mundo siguiera brillando mientras ella se sentía así. La luz entraba por la ventana y parecía revelar aquello que prefería no mirar.
No se envejece de golpe. Un día la luz, que antes era cómplice, empieza a decir verdades sin delicadeza. La juventud tiene una belleza descarada; con los años podemos añorar cada versión anterior de nosotras mismas.
Pero lo terrible no es perder la juventud. Lo terrible es creer que con ella se va toda la belleza. La vejez no empieza en la piel ni en las manos: empieza cuando dejamos de reconocernos como alguien digno de ser mirado con ternura.
La luz no viene a burlarse; viene a recordar que todavía pertenecemos. La belleza cambia de casa: se va de la piel y se instala en la voz. Dejemos de esconderla y brindemos por el derecho a existir sin pedir permiso.
