Tres mesas a los cincuenta
Una noche en Mitifuu y tres formas distintas, pero secretamente parecidas, de habitar la vida después de los cincuenta.
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La primera mesa era una pareja. Ella se miró en el reflejo del vidrio con una pregunta silenciosa: ¿sigo siendo yo? Él dijo algo que la hizo reír y recordé que el amor maduro no necesita grandes gestos; le basta con seguir reconociéndose.
La segunda mesa era de amigas. Ya no competían ni se comparaban: se acompañaban. “A mí me da miedo volverme invisible”, dijo una. “Invisible no. Ahora empezamos a ser más nosotras”, respondió otra.
La tercera mesa era una mujer sola junto al piano. Escribía, miraba el jardín y volvía a escribir. Cuando empezó la música dejó el lápiz y escuchó; no parecía triste, parecía conversando con su propia vida.
Después de los cincuenta no desaparecen los miedos al tiempo ni a los cambios, pero disminuye la necesidad de cumplir expectativas ajenas. En ese espacio nuevo aparece algo parecido a la libertad.
